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La moda será sostenible o no será

La moda será sostenible o no será

Ana Santos

“Gucci ya no usará pieles procedentes de animales; está pasado de moda”, anunció Marco Bizzarri, CEO de Gucci, en 2018. Una frase que resume a la perfección por qué la industria textil no ha tenido más remedio que iniciar un largo camino hacia la sostenibilidad. En tiempos en los que el cambio climático, las energías renovables, el consumo responsable o los productos kilómetro 0 están en el centro del discurso, la moda no podía seguir escondiendo sus carencias debajo de la alfombra. No solo por una cuestión ética, sino sencillamente de supervivencia. El futuro pasa por escuchar a las nuevas generaciones de consumidores que apelan a su conciencia a la hora de comprar.

“La adición a adquirir ropa barata y desechable está creando una crisis ecológica y humanitaria global. Y a pesar de todas las iniciativas que se están llevando a cabo, no estamos yendo lo suficientemente rápido”, afirma Dio Kurazawa, empresario textil reconvertido en activista de la moda sostenible. Y los datos no pueden ser más contundentes: la industria de la moda, que mueve dos billones y medio de dólares al año en el mundo, es la segunda más contaminante del planeta, solo por detrás de la petrolífera.

De hecho, se estima que el 20% de la contaminación industrial del agua está asociada a la producción de prendas de vestir. El sector genera entre 4.000 y 5.000 millones de toneladas de C02 al año y es responsable del vertido al mar de medio millón de toneladas de microfibra, lo que equivale a tres millones de barriles de petróleo. Confeccionar un pantalón vaquero supone un gasto de 8.000 litros de agua, lo que bebe de media una persona en siete años. Y si hoy en día se producen anualmente unos 5.000 millones de jeans, calculen.

Cada año se compran en el mundo unos 100.000 millones de prendas –el doble que en 2000– que solo nos ponemos entre siete y diez veces antes de desecharlas

Además, según la Fundación Ellen MacArthur, promotora de la economía circular, cada año se compran en el mundo unos 100.000 millones de prendas –el doble que en 2000– que solo nos ponemos entre siete y diez veces antes de desecharlas o mandarlas al fondo del armario. Y menos de un 1% del material que se emplea en la fabricación de ropa se recicla, según un estudio de Circular Fibres Initiative. Por no hablar de su incalculable impacto social.

¿En qué momento la moda se convirtió en un negocio que veía crecer sus ingresos al mismo ritmo que dañaba el planeta y se sustentaba en prácticas poco éticas? ¿Cuándo las marcas empezaron a producir de forma desaforada y transformaron nuestros hábitos de consumo? Con la llegada del siglo XXI también lo hizo la “Fast Fashion”, un fenómeno que abrazamos con entusiasmo porque nos permitía adquirir prendas inspiradas en las últimas tendencias a un ritmo frenético y bajo coste. Que los daños colaterales fueran contaminación y precariedad era lo de menos.

Incluso la industria del lujo se contagió de esta fiebre consumista basada en comprar mucho y desechar rápido y las grandes firmas pasaron de diseñar dos colecciones al año a presentar hasta seis que no respetan ni la lógica de las estaciones. “Yo no quiero trabajar así, me parece inmoral. No tiene sentido que una chaqueta mía esté en la tienda durante tres semanas, se vuelva inmediatamente obsoleta y sea reemplazada por una nueva no demasiado diferente de la anterior”, escribía recientemente el diseñador Giorgio Armani en una carta publicada en la revista estadounidense Women’s Wear Daily.

Como respuesta a este modelo, en 2007 nació el concepto “Slow Fashion”, un término acuñado por la emprendedora Kate Fletcher que invitaba a producir ropa y vestirse de forma responsable con el propósito de logar un cambio social. Por entonces, a la diseñadora Stella McCartney, pionera de la moda sostenible, todavía se la miraba con recelo por haber renunciado al uso de pieles y tejidos contaminantes, y la “moda lenta” solo se quedó en buenas intenciones.

Las cosas empezaron a cambiar en 2011 cuando Greenpeace inició la campaña Detox con la publicación de Trapos Sucios, un informe en el que por primera vez se pusieron nombre y apellidos a las firmas más contaminantes de la industria de la moda. La ONG vinculaba a gigantes como Adidas, Nike, H&M, Calvin Klein, Lacoste, Puma o Ralph Lauren con fábricas de China que utilizaban productos químicos peligrosos en sus procesos productivos. Un año después, Greenpeace volvió a la carga con Puntadas tóxicas: el oscuro secreto de la moda, un estudio que denunciaba la existencia de sustancias tóxicas en prendas de 81 marcas, entre ellas Zara, en la que se apoyó para lograr más repercusión. 

Pero tuvo que ocurrir una tragedia para que se aceleraran los cambios en las reglas del juego del sector. En abril de 2013 se derrumbó el edificio Rana Plaza, situado en las afueras de Dacca, la capital de Bangladesh, que albergaba cinco fábricas de ropa, provocando la muerte de 1.134 personas y dejando heridas a casi 2.400. Reflejo de una manera de hacer las cosas en la era de la globalización, fue la segunda mayor catástrofe industrial de la historia y supuso un antes y un después en las políticas de producción de los gigantes de la moda. Las condiciones laborales pasaron a ser un asunto estratégico. 

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El pilar de este cambio fue la creación del Accord on Fire and Building Safety in Bangladesh, un órgano formado por más de 220 grupos internacionales, organizaciones sindicales y gubernamentales y varias ONGs que sentaba las bases para evitar sucesos similares. A partir de entonces las protestas se extendieron a otros países del sudeste asiático, se crearon organismos independientes que supervisan las condiciones laborales de los trabajadores y surgieron infinidad de firmas con la vocación de cambiar las cosas.

Porque la moda sostenible no se reduce a ponerse una camiseta de algodón orgánico o tirar la ropa en un contenedor de reciclado. Lo que también se conoce como moda ética, ecológica, sustentable, lenta o circular, se asienta en tres pilares: medioambiental, social y económico. Es una nueva forma de entender el negocio textil para hacerlo compatible con el cuidado del planeta, la justicia social y la reducción de la pobreza en el mundo. A grandes rasgos, los claves son la utilización de materiales de origen orgánico o reciclados, minimizar la huella de carbono y el uso de químicos, garantizar la seguridad y dignidad salarial de los trabajadores e impulsar el desarrollo social de las zonas donde se asientan los negocios textiles.


Y las firmas de moda ya se han puesto las pilas para adaptarse a esta nueva era. Entre otras cosas, porque al cambio de mentalidad se une la presión política. A partir de 2025 la Unión Europea impondrá la separación de residuos textiles, lo que obligará a las empresas a fabricar exclusivamente con tejidos reciclados o que permitan su reciclaje. Para que les pillen con los deberes hechos, la inversión en investigación de nuevos materiales se ha disparado y en muchas etiquetas ya se puede ver la trazabilidad de la prenda. Por ejemplo, la firma sueca H&M no trabaja con algodón convencional y fabrica sus prendas con un 64,5% de materiales reciclados.

Zara ha creado un servicio de recogida de ropa usada para darle una segunda vida y el 35% de sus prendas ya lleva el distintivo Join Life que garantiza materiales y procesos ecológicos. Y Mango asegura que en 2022 el 100% de sus diseños tendrán propiedades sostenibles. Aunque hay que tener en cuenta que las cadenas de este tipo solo representan el 15% del negocio de la moda y el código de buenas prácticas deberá extenderse al resto.

Y si los productores de moda deben cumplir con su parte del trato, los consumidores también. Y este no es otro que cambiar la forma de comprar. Adquirir menos cosas y de más calidad que perduren en el tiempo. No dejarse llevar por el precio; la moda sostenible y artesanal es más cara pero merece la pena. Reducir las compras online en favor del comercio de proximidad. Y reciclar. Porque no hay una prenda que sea 100% limpia pero, sin duda, la más sostenible es la que ya cuelga de nuestro armario.

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