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Cambio climático: la razón y el culto

Cambio climático: la razón y el culto

Gonzalo Delacámara

Durante veinte años, diferentes forenses han llevado a cabo de modo discreto la mayor investigación sobre personas desaparecidas jamás realizada en Estados Unidos, analizando los 22.000 restos humanos minuciosamente recuperados entre los escombros del World Trade Center después de los ataques del 11S. Todavía se está verificando el inventario de restos no identificados en busca de una conexión genética cierta con 1.106 víctimas, el 40% de todas las que fallecieron en ese ataque terrorista yihadista: La identificación de víctimas sigue inconclusa: algunas cosas demandan tiempo…

Como cualquier neurocientífico acreditaría, la velocidad de procesamiento es el tiempo en que un ser humano puede asimilar alguna información nueva, emitir un juicio sobre ella y después formular una respuesta. Los estudios sugieren que la velocidad de proceso de la información varía con la edad a lo largo de una curva en forma de U invertida, de modo que nuestro pensamiento se acelera desde la niñez hasta la adolescencia, mantiene un período de relativa estabilidad durante la edad mediana y, finalmente, a finales de esa etapa vital y, en adelante, disminuye lenta pero inexorablemente. Nada es diferente en cuanto al cambio climático.

En diciembre de 2019, cuando intervine en Madrid en la Conferencia de las Partes (COP25) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (UNFCCC, sus siglas en inglés), en vigor desde 1994, una oceanógrafa me preguntó de modo escasamente ingenuo, en una entrevista para una cadena de televisión generalista, si habían sido necesarias veinticinco cumbres anuales, la cuarta parte de un siglo, para llegar a este punto (insuficiente) en las negociaciones internacionales sobre la mitigación del cambio climático y la adaptación a los efectos de éste. ¿No es una reacción demasiado lánguida ante una emergencia?

Desde la primera, celebrada en Berlín en 1995 (COP1), las Conferencias de las Partes (COP) son reuniones anuales que se celebran en el marco de esa Convención de Naciones Unidas. No sólo sirven como reunión formal de las 197 Partes de la Convención para evaluar el progreso de las respuestas contra el cambio climático; de 2005 en adelante sirvieron igualmente para evaluar el cumplimiento del Protocolo de Kioto, firmado en la COP3 en esa ciudad japonesa (enmendado en la COP18 de Doha), que establecía obligaciones vinculantes de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

Se pretendía entonces reducir la emisión de seis gases de efecto invernadero en 41 países más la Unión Europea en un 5,2% por debajo de los niveles de 1990, durante el período objetivo de 2008 a 2012, con un esfuerzo diferencial superior por parte de los países más industrializados. La COP21 de París resultó en la adopción de un acuerdo que buscaba mantener el aumento de la temperatura global por debajo de los 2 °C en promedio por encima de los niveles preindustriales, y explorar la consolidación de esfuerzos para limitar el aumento a 1.5 °C.

Para quien considere que veinticinco años son una eternidad, quizás sea bueno recordar que fueron necesarios siglos de investigación y largas series temporales de datos para entender que el cambio climático (y su ritmo), como alteración a largo plazo de las pautas climáticas y meteorológicas en la Tierra es, entre otras cosas, el resultado de actividades humanas. En el siglo XIX, los experimentos que sugerían que el dióxido de carbono (CO2) procedente de nuestra actividad, y otros gases, podían acumularse en la atmósfera y aislar a la Tierra, fueron recibidos como una rareza, una extravagancia, más que como una inquietud. En la década de los cincuenta del siglo XX, algunos registros sobre concentración de CO2 comenzaron a ofrecer datos que corroboraban la teoría del calentamiento mundial, sobre la que ya no existen dudas para una mayoría casi unánime de la comunidad científica. El aumento de la concentración de gases de efecto invernadero cambia la composición química de la atmósfera, induciendo el calentamiento del planeta y éste causa una serie de impactos, esencialmente negativos.

En unos días tendrá lugar la COP26 en Glasgow (31 de octubre a 12 de noviembre), quizás la cumbre más importante desde la de hace seis años en París. De acuerdo con los datos recogidos en el marco de la Convención, los compromisos asumidos por sus Partes para 2030 aumentarán las emisiones mundiales en un 16,3% en 2030, en comparación con los niveles de 2010, incluso pese al descenso transitorio de las emisiones de CO2 en un 6,4% en 2020 como resultado de la pandemia de COVID-19. La reducción de emisiones necesaria en ese mismo periodo para limitar el aumento global de la temperatura a 1,5 ºC tendría que ser de un 45%. El contraste entre la proyección de las emisiones y el objetivo es elocuente. China, por ejemplo, es responsable del 25% de la brecha hasta el objetivo.

Glasgow presenta en menos de un mes una oportunidad ineludible para finalizar las reglas del Acuerdo de París, lo que incluye asumir nuevos compromisos vinculantes de reducción de emisiones a 2025, fortaleciendo la transparencia y la rendición de cuentas de las partes de la Convención, determinando cómo los mercados de carbono (donde se pueden intercambiar permisos negociables de emisiones) funcionarán en lo sucesivo, establecer nuevos objetivos de adaptación, evaluar las pérdidas y los daños que ya se evidencian, profundizar sobre cómo financiar la lucha contra el cambio climático…

Oscilamos entre la banalidad y la exageración del mal, entre la apelación a la granularidad de las decisiones y los discursos apocalípticos

Cuando uno observa la sólida coincidencia en la comunidad internacional y el contraste con cierto escepticismo (o falta de foco) en algunos medios de comunicación y con una abulia colectiva no menor, es fácil hacerse consciente de que la narrativa empleada para sensibilizar es cuando menos discutible. Oscilamos entre la banalidad y la exageración del mal, entre la apelación a la granularidad de las decisiones (el cambio climático es el resultado indeseado de miles de millones de pequeñas decisiones individuales diarias) y los discursos apocalípticos.

Necesitamos relatos para que la realidad resulte inteligible. De modo desigual todos necesitamos historias (de ficción o no), la narración de personas que existen o han existido o incluso que son ficticias pero verosímiles. Necesitamos mirar la realidad de cerca, aproximarnos a ella con criterios racionales, pero tanto como necesitamos evadirnos temporalmente de ella, en algunos casos para entender, en otros para hacer esa realidad más soportable. Necesitamos información veraz, nuevos relatos y relatores, para protegernos de otros: la propaganda, las noticias falsas, las ideologías sectarias… 

Se da una paradoja inefable: la sociedad más informada de la historia es, al mismo tiempo, no sólo una sociedad profundamente escéptica sino también con enormes tragaderas. Coexisten la incredulidad, el escepticismo, la apatía, el desapego, con la credulidad extrema y la docilidad. De tanto no creer, creemos cualquier cosa. Como diría Stendhal, el buen razonamiento ofende, la realidad molesta. De ahí que haya quien hable sobre estos temas como si fuesen un nuevo credo, una sucesión de dogmas, un culto contemporáneo.

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Las causas nobles, como la lucha contra el cambio climático, se hacen más llevaderas cuando únicamente demandan un posicionamiento acrítico o una afirmación pública. Comienzan a resultar incómodas, inconvenientes, cuando demandan cambios concretos en nuestro modo de vida. Nos resulta más sencillo movernos en el terreno de lo abstracto que en el proceloso océano de lo concreto. Quizás esto explique la dificultad para mantener debates públicos adultos e informados en los que uno pueda ejercer su madurez: es decir, contextos en los que podamos hacernos cargo de las consecuencias de nuestras decisiones (tanto de la inacción frente al cambio climático, como de las respuestas que diseñamos y ejecutamos para adaptarnos al mismo y mitigar sus impactos).

Daniel Kahneman (Premio Nobel de Economía 2002) escribió un sugerente ensayo llamado Pensar Deprisa, Pensar Despacio. En él, reflexiona sobre qué nos lleva a tomar las decisiones que tomamos, acertadas o no. Se refiere así a opiniones, elecciones, valores, deseos, creencias, expectativas, críticas, miopía (cuando no ceguera), racionalidad, sesgos, intuiciones, deducciones, errores… En su libro, Kahneman propone el siguiente ejercicio que me gustaría compartir de modo necesariamente abreviado con los lectores de este artículo. Imagine por un momento que le preguntan con qué frecuencia emplea términos abstractos (como pensamiento o amor) y otros concretas (como puerta o agua). Una manera de responder es pensar en contextos en los que emplea esas palabras. Mientras me leen, ya habrán pensado en alguno. Habrán visto entonces que resulta algo más sencillo pensar en contextos en los que usan conceptos abstractos. Es posible que diga muchas más veces puerta que pensamiento pero los términos abstractos aparecen en una mayor variedad de contextos. La lucha contra el cambio climático es un terreno fértil para abstracciones imprescindibles (bienestar, participación, transparencia, derecho) pero hay realidades concretas, tangibles, que se imponen con una tozudez casi abusiva.

Con relación al cambio climático hay evidencias que acompañan a la científica: el futuro se emplea sólo por inercia gramatical pues el cambio climático se conjuga en presente; la multiplicación de noticias inquietantes conduce tanto a la desmovilización como a la resignación apocalíptica y ambas derivan en la inacción; las respuestas contundentes llegan de la mano de la ley, de compromisos vinculantes, pero éstos no existen si no son alentados por comportamientos y demandas individuales; la sobreestimulación resulta estéril, obviar la crisis irresponsable…

Resulta difícil avanzar sin un debate público consistente en el que se hable de los beneficios de la lucha contra el cambio climático y de la adaptación al mismo, pero comprendiendo al tiempo las renuncias a la que esos esfuerzos nos abocan, el necesario reparto equilibrado de los costes, la gestión de los riesgos.

Si hay algo urgente es aprender a pensar a largo plazo, para que todo lo inmediato no nos supere. T.S. Eliot, en uno de sus cuartetos (Burnt NortonI, decía que el “género humano no puede soportar tanta realidad”. Ayudará escapar de pensamientos mágicos, de intentos de ignorar la realidad o evadirse de ella, más que en comprenderla y adaptarse. Habrá, en fin, como decía Voltaire, que “apreciar a los que buscan la verdad” pero “cuidarse de los que la encuentran”.

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